Salut Salut!!

Después de llevar 2 días en Bruselas, me he encontrado con bastantes cosas.
Por un lado después de llegar al hotel en plena noche a una estación con muy mala pinta a la altura de cualquier Bronx, llegamos a un hotel de cuatro estrellas en medio del centro financiero bruselense… Al día siguiente nos dirigimos al centro de la ciudad para hacernos un poco a la ciudad, su gente y hacer un poco de turisteo (como no). Conocimos a un cajero que tenía una madre cántabra, una señora que coleccionaba y vendía antiguedades japonesas requetemajisima y a la gente del Use it! que son genialmente europeos.
Después de comer en una pizzeria de un supuesto Giusseppe, que yo diría más bien pizzeria de Pierre o Jean, acabamos el día cenando en un kebap del barrio de detrás de nuestro hotel. El barrio musulmán, donde además de aumentar mi impotencia ante la cantidad de mujeres que circulan por las calles con velo y que aqui se concentran, viven inmigrantes africanos también. Poco tenía que ver la comida que pudimos saborear en este peculiar restaurante de barrio con lo que a nosotros nos venden en España como un kebap. Es como si nosotros vendiesemos por tortilla de patata una tortilla de chips ( por muy cool que derrepente nos pueda resultar gracias a nuestro amigo Adrià)… no sé como explicarlo, vaya.
Aunque lo más sorprendente del día se lo lleva una tienda de juguetes con un aire retro a la vez que moderno, donde se mezclan los juguetes que tenían nuestros padres y robots de latón con cuentos de caillou y bonitos triciclos modernos; y una joyería que sorprendentemente resultó ser una joyería queer.

El segundo día, fue el día de los museos. Una visita que duró toda una mañana por el arte contemporáneo belga y algo de internacional, el barroco flamenco y algún que otro cuadro de Rubens.
La comida en Le perroquet, un café nouveau, fue innovadora, por decir algo. Pudimos pedirnos unos pittas deliciosos a la vez que eco. Seguimos la visita por el barrio de St. Gilles, donde pudimos visitar la magnífica casa-museo Horta, lugar que aconsejo a todo el moundo que visite Bruselas. Impresionante.
Poniéndonos en busca de unos pantalones cortos para mí con vistas al día de hoy, terminamos por entrar a Zara, donde todos TODOS sus dependientes (hombres) parecen sencillamente italianos, sacados directamente del anuncio del Light Blue de D&G. Perfectamente engominados y atraviados con su uniforme negro básico de la cadena gallega.
Para cenar, mientras Dave degustó un shushi genial, yo me atiborré a base de las pocas cosas con las que contábamos en la habitación del hotel, es decir, galletas, zumo y bollería infame. Así es la vida!
El segundo día vivimos una aventura de las que pocos podrían presumir. Surrealista es la palabra. Después de tener que coger un tren hasta Leuven, hacer un transbordo y caminar a lo largo de un puente, llegamos al parque de atracciones Walibi.
Comienza la odisea, aunque disfrazada con un bonito día de verano, soleado y de buen humor. Pasamos por todas las atracciones e incluso repetimos en una. Después de decidir marcharnos a comer se desata la tormenta (como si Paris Hilton se hubiese puesto a cantar la discografía de Edith Piaf…)
Refugiados en un baño dentro del parque, tuvimos que esperar a que parase y para más INRI acabar comprando un chubasquero del parque cual guiris en Benidorm. Todo esto para después pasar más de hora y media esperando por un tren que resulta que no llegaría nunca.
Un trabajador del parque se nos acercó para informarnos de que no llegaría el tren y que tendríamos que ir en pequeños grupos hasta la estación más cercana para poder llegar hasta nuestros respectivos destinos.
La opción A era quedarse esperando a que todas las familias que estaban alli y el resto de autóctonos pasasen delante de nosotros dos: Lara y Dave, indefensos, inmigrantes, en un país que no conocen en absoluto, en medio de una región de flamones con muy mala leche.
La opción B era quejarse como la que más de las circunstancias en mi idioma materno, con el tono de feminista molesta reivindicativa con un dolor de ovarios digno de tres partos juntos…
Me decanto por la opción B que al final terminó por ser efectiva. En el siguiente viaje compartimos coche con una simpática familia filipina de dos chicos jóvenes y su hijo pequeño.

Al llegar a la estación nos encontramos con un cajero flamenco que como de primeras le hablé en francés decide no atenderme y chapurrearme algo en su idioma/ dialecto/ o lengua indescifrable europea. Finalmente, conseguimos sacar el billete y llegar al andén para volver a Bruselas.
Sin embargo, no comenzaría allí nuestra vuelta a “casa” sino que tendríamos que aguantar los insultos, golpes y cagamentos varios de cierto personaje local… Cuando decidimos cambiarnos de vagón, unos minutos después, observamos que todo el mundo echa a correr como si se tratara de una amenaza de bomba. Nosotros, temiendonos también lo peor, seguimos corriendo hacia cualquier otra parte, buscando escapar de ese supuesto “terrorista” que simplemente resultó ser un marroquí exaltado por sus ganas de montar jaleo y poner nerviosa a la gente como cualquier otro energumeno del planeta…
Y pasado todo esto, ahora sí, llegamos al tren que nos traería hasta la Gare du Nord… Un poco de comida rápida y al hotel.
Aqui estamos, personas que han acabado por recuperar la compostura después de este día que parece haber trastocado el armónico viaje belga, que buscaremos compensar con un paseo por el casco antiguo mañana para acabar de fiesta con la juventud de la capital europea… esperemos que no sean tan especiales como los flamones…

Saludos desde Bruselas, con gofres, cerveza y velos que cada día que pasa me hacen sentirme más reivindicativa…



Y reitero y afirmo que (por muy vulgar que pueda sonar): Lo que se escribe con el c*ño, nadie lo iguala. (Incoscientes, de Leonor Walting y Luis Tosar)
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