Último día de enero, frío.

Deberías posar el vaso y sentarte conmigo. Puede que aunque me haya venido mojando desde mi casa hasta esta acera ininhóspita aún me quede alguna parte de mi cuerpo a salvo. Por descontado la cabeza, que quieras o no sigue funcionando, incesante, a pesar de las inclemencias del tiempo.

Realmente me había puesto medias para intentar parecer más alta, y aún así, sigo pareciendo igual de baja e incluso sirvo de semblante para una chica de menos de dieciocho años. Podría ser por multitud de rasgos físicos y sin embargo, a mi parecer, es culpa de enseñar los dientes con tanta felicidad implicita en el gesto.

Hacía mucho que no lo hacía, por eso te pedí que te pusieras a mi lado. Sinceramente, no sé cómo ingeniarmelas para que los árboles bailen, parezcan melancólicos y así dar algo bohemio y tradicional de lo que hablar aqui, del mismo modo que tampoco sé nada de solfeo. No viene a cuento, pero ¿sabes qué? me encanta soplar el té.

No espero que bajes, tampoco que yo suba. Quiero quedarme donde estoy, viendo donde estás, sin esperar que nadie se mueva, y cuando me de cuenta, estar encima tuyo.

Lunes 31 de Enero.

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