Cadáveres en cañaverales.

Me estallan los dientes de felicidad. Se me salen las tripas por la boca de la emoción. Sangro por la nariz de las ansias que tengo contenidas. Me corre bilis por los oídos cuando oigo que se acercan sus pasos. Mis vertebras se desencajan y se me clavan en los pulmones. Del mismo modo, éstos se rajan por la mitad para respirar con gusto el humo del cigarrillo que fuma frente a mi cara, donde la piel está arrancada a tiras: la nariz rota, las orejas en los dos tarros que hay en la alacena de la derecha. Y por último, mis ojos, se los regalo, en dos cucharillas de postre, uno en cada mano.

A Frida Kahlo, por legarnos todo lo que admiro desde que mi abuela me enseñó sobre pintura.

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